jueves, 25 de marzo de 2010

Sacrilegio

Los que se ocupan de ser moralistas por defecto, son moralistas de sus libros, de sus cuentos, de sus arterias desgastadas de la sangre que corre pidiendo permiso entre glóbulos confusos, que no se saben rojos o blancos si no preguntan su color. Se enquistan, se anquilosan en sus laureles de oro rubí, dibujados, asediados por la fantasía de una autolegitimación segura. Soberbia. No soporto el juicio seguro de la inseguridad. Se sortean tramas para que las trabas que se colocan no sean tan visibles. Y las sonrisas se elucubran entre sí, buscando entenderse. Y todos nos divertimos en los festivales de la percepción segura. La mente me lleva a lugares obscuros, sectores cercados por el bienestar, que no quiere que allí llegue, que prefiere, que discierne que mejor es no penetrar en lo profundo. Y una vez más, lo alcanzo, sin saberlo, sin quererlo, me sumo en el caldo de los incomprendidos, me sumerjo en lo que después aplauden, aplauden por no entenderlo. Y no me creo, no me creo nada. Las palabras no alcanzan, ni las agujas del reloj. El único escape es éste, y no sé para qué sirve. Si luego, cuando haya bebido mi dosis certera de normalidad normativizada, sólo será un conjunto de palabras que rellene otro espacio vacío. Segura estoy de que ese espacio tiene más mérito y más poesía que esto y todo lo que no estoy diciendo. Que todos los idiomas, que todas las costumbres, que todos los idiotas, que cada uno de sus idilios. Escupámonos esta vez en la cara, diagramemos los tesoros no escondidos. Nada nuevo va a salir de esto. Nada nuevo salió nunca más que lo viejo renovado. Somos tristes reaperturas, remiendos de la sagacidad del viento, del polvo. Nuestra transmutación es la insoportable falta que nos llena, y que nos arrastra. Endiosamos los momentos, los petrificamos con sonidos, con dibujos, les otorgamos colores. Los encerramos. Nos encerramos. Diagramamos nuestro tesoro, una vez más. Creamos el antioxidante para lo óxido, no lo dejamos morir. No nos dejamos morir. Nos distanciamos de la seguridad en aras de nuevas pastillas, la cambiamos por nuevas formas. Y las formas son el primer sacrilegio de la humanidad.

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