Es el hambre famélico, inacabable. La sed verdadera, inconcebible. Desatás la maraña de tu cabello. Pelo por pelo, rizo por rizo te apresurás por si esta vez no llegás a veinte. Cada vez que lo hacés tenés que lograr una más. Si fue veinte tiene que ser al menos veintiuno –aunque no más de veintiséis–. De otro modo el universo podría comportarse de modos distintos, de manera absolutamente anárquica. Porque si fuese autárquica, no habría en el fondo verdadero conflicto yecto en este desierto de incertidumbres. Pero la posibilidad de la anarquía convierte a la posibilidad misma en lo anárquico. Y ya no tenés aterrizaje posible, seguro, cuando comenzaste a desatarlos. Once. Y no podés dejar de pensar en que avanzaste medio más de la mitad, que lo peor ya está del otro lado del tiempo, y que repetir la operación durante la prolongación de ese exacto segmento temporal ni siquiera te resultaría tan grave –aún sabiéndolo excedido– como la iniciativa del instante en que comenzaste a hacerlo. Trece. Un instante más. Y la paradoja del tiempo, porque te das cuenta que vos lo intentás, vos sola lo estás trayendo. No, no te pares aún, no dejes respirar a la silla. Ella cobra vida si te sacudís un poco, pero si decidís que tus rodillas dupliquen el ángulo de sus actuales 90º, ella puede verte, encontrarte perdida y sumergida en el rulo dieciséis. Rulo del tiempo, el que alcanza y desarma al anterior. No te enfermes con la paradoja, desatá el nuevo rizo. Mientras hagas aquello, una buena parte de vos se va a estar olvidando de la inconsistencia fundamental. Dieciocho. Y es que el tiempo y su desenfado no pueden compatibilizar en un nivel tan macabro. El tiempo, sí, de repente tiene un torso en el cual se erige su enorme cráneo desgastado de sonrisas cadavéricas, el tiempo que te corre sólo para recordarte, una vez más (diecinueve) que muere. Sólo para acariciarte con su intensidad de golpe, para penetrarte con su aroma a nada y su consistencia humeante. Veinte. Sólo para recordarte que está nuevamente aquí haciéndote recordar, intoxicándote al saber que, de nuevo, es la presencia sólo de su ausencia y que no bien hubo llegado, inmediatamente... Veintiuno.
Suficiente. Somos vos y yo. Vos, blanca, impotente, abierta, penetrable por tus infinitos poros. Yo, una marea de dudas y contradicciones que se dejan pasear en un tono nauseabundo y gris, casi sin más desliz que el de mis manos.
Suficiente. Saquemos a flote todo: flotemos con el llanto, la risa, los diluvios de yerba y azúcar negra, las miradas a 45º y los domingos de silencios insoportables.
Deficientees saber que me despierto y siempre termino buscándote, arrinconándome meditabunda en algún recoveco seco o transpirado, escondido o expuesto a las espinas del rosedal, lo mismo da.
Deficiente es mi estómago, que no se provee más que de la satisfacción segura de tu refugio, de tu sombría luz, de tu sonrisa parca y tu diálogo siempre callado aunque a término y sincero.
Ineficienteme vuelvo conmigo, con mi tarea de amor (propio) frustrado –el peor amor de todos, el más adolescente y difícil de olvidar–. Nada prolifera sentido si no es sobre vos, si no es en vos, si no llego –de algún sucio e indirecto modo, cualquiera fuere él– hacia vos.
Eficiente sería dejarte a un lado, seguir intentando frustraciones, pero en todo caso de las ya abandonadas hace tiempo... tu tutela poco me dispensó para el resto de la existencia. Tu frágil tranquilidad, tu vacío que siempre me supe en el privilegiado lugar de llenar con cuanto yo quisiera hacerlo, me impidieron ocuparme de otras cosas tan intrascendentes como tu papel. Tu papel fugaz, biodegradable, tu papel de actriz sin libreto. Tu papel deshojado es la ineficiencia más inepta, es eficiencia más cierta, el producto de las deficiencias más mías, las que –tan sólo por un segundo– me hacen a mí también sentir suficiente.
Los que se ocupan de ser moralistas por defecto, son moralistas de sus libros, de sus cuentos, de sus arterias desgastadas de la sangre que corre pidiendo permiso entre glóbulos confusos, que no se saben rojos o blancos si no preguntan su color. Se enquistan, se anquilosan en sus laureles de oro rubí, dibujados, asediados por la fantasía de una autolegitimación segura. Soberbia. No soporto el juicio seguro de la inseguridad. Se sortean tramas para que las trabas que se colocan no sean tan visibles. Y las sonrisas se elucubran entre sí, buscando entenderse. Y todos nos divertimos en los festivales de la percepción segura. La mente me lleva a lugares obscuros, sectores cercados por el bienestar, que no quiere que allí llegue, que prefiere, que discierne que mejor es no penetrar en lo profundo. Y una vez más, lo alcanzo, sin saberlo, sin quererlo, me sumo en el caldo de los incomprendidos, me sumerjo en lo que después aplauden, aplauden por no entenderlo. Y no me creo, no me creo nada. Las palabras no alcanzan, ni las agujas del reloj. El único escape es éste, y no sé para qué sirve. Si luego, cuando haya bebido mi dosis certera de normalidad normativizada, sólo será un conjunto de palabras que rellene otro espacio vacío. Segura estoy de que ese espacio tiene más mérito y más poesía que esto y todo lo que no estoy diciendo. Que todos los idiomas, que todas las costumbres, que todos los idiotas, que cada uno de sus idilios. Escupámonos esta vez en la cara, diagramemos los tesoros no escondidos. Nada nuevo va a salir de esto. Nada nuevo salió nunca más que lo viejo renovado. Somos tristes reaperturas, remiendos de la sagacidad del viento, del polvo. Nuestra transmutación es la insoportable falta que nos llena, y que nos arrastra. Endiosamos los momentos, los petrificamos con sonidos, con dibujos, les otorgamos colores. Los encerramos. Nos encerramos. Diagramamos nuestro tesoro, una vez más. Creamos el antioxidante para lo óxido, no lo dejamos morir. No nos dejamos morir. Nos distanciamos de la seguridad en aras de nuevas pastillas, la cambiamos por nuevas formas. Y las formas son el primer sacrilegio de la humanidad.
La magia que logran estas circunstancias improvisadas, desde el vuelo de los pájaros impertinentes hasta la bocina del tren tan inexactamente (y aún así) afinada, hace que no pueda negarme a la evidencia de que la primavera tiene algo de especial y de inexplicable, o al menos que nosotros se la traemos.
“No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando, en este país de emigrados, el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquél árbol o de aquel arroyito de la infancia; que no sólo están separados por el tiempo sino por vastos océanos. Y asínos es dado ver a muchos viejos como D´Arcángelo, que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia adentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito”.
ERNESTO SÁBATO- Sobre Héroes y Tumbas
La arritmia de los latidos era extraña. Cree que llegó tan solo a tomarse poco celosamente la mano cuando todo sucedió. Era la carrera, tal vez junio, tal vez agosto, no estaba seguro pero el clima era frío, de ese frío amigable, severo pero apenas permeable para un deportista saludable, aunque algo mayor, con las adecuadas prendas. Prendas. Recordaba ese juego, aquello era un caluroso diciembre y ¡vaya si intenso!... deseaba el verde más que nada en ese momento (y en cualquier otro) y en el mundo (y en cualquier galaxia)... le divertía saber que, al mismo tiempo, no dependía de él y sí dependía de él... qué éxtasis maravilloso... la enorme contradicción de saberse también queriendo escuchar “¡rojo!”, o peor aún (y por ello, tanto mejor) “amarillo”. Y lo más inexplicablemente atrapante era que sabía que no podían mirarse y aún así se estaban viendo, que sus espaldas tenían pupilas y retinas, mientras sus omóplatos lograban pestañar al son de la respiración –sinestesias, si las hay... “Ay!, ¡me duele!”. Mamá me sostenía mientras el estúpido monstruo teñido por completo de esas ropas blancas se apoderaba de mí, me obligaba a aceptar –no sin una angustiosa decepción– el horrible marrón, tanto más cuanto mayor cantidad me succionaba con esa aguja inquisidora-: ¿era la sangre también algo tan aburridamente real? “Real era el término que designaba el origen jerárquico, divino, de sangre azul, ¿alguna vez escucharon esa denominación, chicos?”. Sus clases eran las únicas que lograban hacerme olvidar que el chillido del timbre para el recreo no debía estar muy lejos... Además, la sangre podía ser de otro color... como la luz azul del semáforo, un príncipe azul, de prendas azules, azules de cielo, de cielo de prendas, se prende del cielo y...
Llegó a abrazarse con la mano derecha la contrapartida de su torso. La inercia en la línea del electro era en su sonido inversamente proporcional a su silencio, aunque igual de permanente.