jueves, 4 de marzo de 2010

Eterna y vieja juventud...


Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Era más blanda que el agua, que el agua blanda. Era más fresca que el río, naranjo en flor. Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Después, ¿qué importa del después? Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrazó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó.

Ahora, un ex-Cortázar y un Ex-pósito,
az(h)arosa y arbitrariamente cofraternizados
en esto que da en ser un no-sé-qué
de conexiones extrañas y siempre mutantes...

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